Historia del Tiempo Presente. La sociedad actual desde 1945. José Manuel Azcona Pastor. Madrid, Ediciones de la Cátedra URJC Santander Presdeia 2019.


Autor: José Manuel Azcona

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La Guerra Fría configuró una ferviente lucha por la imposición de dos modelos político-económicos diferentes, el capitalista y el marxista. En pro de tal dominio planetario se cometieron las máximas barbaridades y las máximas violaciones de los Derechos Humanos, además de guerras “clásicas” entre naciones subdesarrolladas o en vías de desarrollo en las que se pretendía imponer el modelo institucional de libre mercado o de economía de Estado. Con la perspectiva del tiempo y con el paso de la historia nos preguntamos si realmente mereció la pena tanto esfuerzo propagandístico, tanto esfuerzo económico y tanto esfuerzo militar para llegar a la conclusión de que la forma de vida del mundo comunista no satisfizo todas las demandas sociales como se afirmaba, y que el carácter dictatorial de los gobiernos de este signo político gestó notables tropelías y violación de los Derechos Humanos, mientras que al otro extremo, los regímenes capitalistas también generaron profundas desigualdades en sus propias sociedades. Y también han violentado la concordia civil dentro y fuera de sus países y han contribuido con pasión al militarismo mundial. Llegados a este punto del discurso podemos afirmar cómo seguimos siendo herederos de las ideologías liberales, marxistas o religiosas (integrismo islámico), lo que hace que el panorama ideológico sea realmente poco novedoso. Pero, en lo que desde la perspectiva política e intelectual se está habitualmente de acuerdo, es que los principios del liberalismo democrático, nacidos al calor de la Revolución Francesa de 1789, siguen siendo idóneos como referencia de convivencia cívica. Así pues, valores como la igualdad ante la ley, el pluripartidismo, la democracia, el constitucionalismo, la división de poderes o los sistemas electorales modernos son los que nuclean la existencia más armónica de cuantas existen. No es que sea perfecta, pero es la más armónica, la más igualitaria, la que conforma mayor equidad social. Claro que este modelo político está inquebrantablemente unido a un fuerte avance económico y a una sociedad mayoritaria de clases medias. Que, a su vez, se caracteriza por un elevado nivel cultural, que es la base del desarrollismo. Por esta razón se tenía que haber empezado, creemos, tras la Segunda Guerra Mundial, es decir, exportando educación, cultura y dignidad al Tercer Mundo, y no armas y modelos políticos muchas veces totalitarios. De esta manera hemos perdido dos generaciones o cincuenta años en el intento de hacer un mundo más humanizado. Y esta pérdida, por cierto, tiene ahora funestas consecuencias, pues la violencia terrorista inherente a la pobreza estructural del Tercer Mundo se manifiesta, en nuestro tiempo, bajo el macabro instrumento del integrismo musulmán.